Aloha, Caruso!

Estoy embarcado en un avión blanco rumbo a las Bahamas. La azafata se pasea de un extremo al otro del pasillo central que hay en primera clase. Y se parece mucho a Michelle Wild, la actriz porno. Michelle Wild se graduó de la preparatoria Kossuth Lajos Gimnázium en su natal Sátoraljaújhely en 1999. Trabajaba como Operadora en una línea erótica por teléfono y como bailarina, lo que le permitió desenvolverse en la industria porno. Comenzó su carrera como actriz en el año 2001 a la edad de 21 años. Su primera película fue Sex Opera con el nombre artístico de “Katia”. Europa del Este está llena de belezas porno.

 

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Estoy embarcado en un avión blanco rumbo a las Bahamas, sentado en plena butaca first class, pensando en quién sería realmente Don Juan de Marco, o sino de cuando fui a colocar a la calle Copernico una ventana. Tengo las patas estiradas por debajo del asiento de adelante, en donde hay una persona viajando. Sentada.

La azafata se me acerca y modula algo que no puedo oír. Le hago así con los dedos, en un breve gesto que indica lo que quiero. La persona que está sentada junto a mí duerme contra la ventanilla. Desde afuera Superman me saluda. Lo abraza un esqueleto humano por detrás. Ambos sonríen exhibiendo una dentadura y sobrevuelan peligrosamente una turbina. La azafata me sirve lo que le pedí, se pavonea y deja caer un pedo al tiempo que da media vuelta y tarareando entre dientes me deja tomando un trago.

 

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El baño del avión es estrecho. Tiene un inodoro de plástico a pedal y una ventanita para ver el cielo. El firmamento pleno a plena opulencia en lo más fantástico de lo alto del mundo. Lo uso solo un par de veces, y solo para tomar merca. El viaje es largo pero me dijeron que en estos baños no puedo cagar. Parece que sueltan el sorete. El agujero del inodoro da al vacío.

Cuando vuelvo a mi asiento hay un alfajor que me dejó la azafata.

 

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Me despierta una cabeza de San Bernardo, por más inverosímil que suene. Yo estoy embarcado en un avión blanco rumbo a las Bahamas que se acaba de partir al medio y me cae una cabeza de perro en la falda. Esto me pone en estado de alerta. Las mascarillas de oxigeno color amarillo salen del techo y quedan colgando. El griterío es general, así como el pánico, y cunde el desmembramiento doquiera. Yo estoy atado al asiento por el cinturón, pero la azafata rebota como una pelota de techo a pared y de lado a lado. Por un segundo me causa mucha gracia. 

La descompresión me arranca con asiento y todo. Veo caer el avión y estoy girando en el aire, aferrado a la butaca. Por suerte me cae la azafata encima y giramos juntos. Me grita en húngaro: cette nouvelle me gêne beaucoup. Unos pájaros nos amortiguan el chapuzón. 

 

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Un rayo de sol que atraviesa el follaje que me circunda cae perpendicular y va a dar sobre mi ojo derecho para detonarme el pasaje de la inconciencia a la vigilia. Encuentro un charco y me despabilo remojándome la carita. Hago uso del cepillo que tengo en el bolsillo y me lavo los dientes. En el charco. A mi alrededor hay lo que deja un accidente de avión en una isla desierta: trozos de persona.

 

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Le convidé todo el atado de puchos a una boliviana que colgaba de un árbol. Tenía toda la espalda rota como de carne viva, y gemía como un cristo en el Gólgota. Había un médico, un tal Juan Carlos, que le inyectaba suministros mientras ella me fumaba el paquete. Después palmó. Se fue, pasó a mejor vida. Se falleció. Qué grande el tordo, hizo lo que pudo. Y lloró largo bajo la finada. Esa noche tuve que trepar la palmera para sacar a la gorda y dejársela a los buitres en la playa, con la esperanza de cazar un ave carroñera para comer. No pudo ser.

 

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Seguimos en los primeros días de shock y de cosa nueva. Igual yo no estoy en shock. Pero hay un pelado, por ejemplo, que con un cuchillo se montó una cabaña en veinte minutos. Increíble. Eso es ponerle el pecho a la adversidad y apoyar los cojones arriba de la mesa. No como el gordo que mira el mar. Ni como la japonesa que labra la tierra. Ni como el fulano que de tan desesperado patea cadáveres muertos a plena bronca por estar y no ser. Tambien hay una persona que se preocupa por demostrar afecto a quienes en realidad no sufren malquerencia o animadversión. Esto es porque quizás está en shock. O sufre un shock.

 

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Una señora se desesperó y se hundió en el mar. Salió corriendo y se fue. Fueron varios los que se mataron. Uno tenía un fierro en el pecho y lo removió. Le costó la vida. Otro directamente se tiró de un acantilado bajito y se partió la crisma contra una piedra. Una persona le aplastó la cabeza a otra con una maza que buscó en el fuselaje. Una niña se ahogó y un niño perdió los dedos con una podadora jugando a los bólidos.

También hay los que se salvaron: el japonés del trapito sucio, el negro del afro, los niños rubios de ojos celestes y shorts calados, la vieja, el puto, Anibal el caníbal, el pelado, la japonesa, el rubio duro de corazón tierno, el doctor y único médico de la isla, el hombre del chumbo, el cargoso de Wichita, el babieca de Montmartre, un mago desconocido que se apareció un buen día, y las chicas bonitas: Lola, Mecha, Kika y Bill.

 

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Ya estamos en la isla, tranquilos. Y si queremos hacer que alguno pida rescate lo ponemos a pedir rescate. Igual la verosimilitud no la buscamos. El otro día escribimos una señal en letras gigantes y una pequeña misiva en una botella que arrojamos al agua y que no tardó en volver. La recibimos con gran entusiasmo. No faltó quien se largase a llorar, ni quien mirara con desconfianza por sobre el hombro ajeno, como diciendo o pensando, ¿qué?

La señal gigante la escribimos en la arena con rocas negras volcánicas traidas de un volcán en lo hondo de la jungla. Rezaba: SALVESE QUIEN PUEDA. AYUDA. En castellano, en inglés y en francés. En total la frase circunvalaba la isla toda.

 

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Me hice un rancho. Con las manos. Y con una ayudita de mis amiguitos. Es un triangulo isósceles hecho de pajas, ramas y cachos de avión. Adentro, en el medio, le puse un mástil blanco que sobresale para afuera y que sostiene una lona colorada con la siguiente inscripción: BOEING. He aquí mi apodo isleño: BOEING. Me dicen BOEING.

 

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Me hice amigo de un niño. Se llama Tomás Del Prete Basualdo. Tiene la cara llena de pecas. Usa guardapolvo, medias, guantes, casco de moto. Le falta: zapatos, pantalón y camisa. Tiene olor a pata de la cabeza a los pies. Lo conocí en la puerta de mi choza y trabé amistad.

-         Nene ¿qué tenés ahí?

-         Un casco de moto

-         ¿Es tuyo? ¿Dónde lo compraste?

-         En la calle Warnes.

-         Dale…¿de donde lo sacaste?

-         Me lo regalaron

-         ¿Quién? ¿Tu papá?

-         No, tu hermana en concha.

-         Jajajaja!

-         Jajajaja!

-         Jajajaja!

-         Jajajaja!

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Seré sobado y magreado, molido y vapuleado, castigado y deslucido, sorprendido y desquiciado, pasmado y abobado. Hay una prostituta que me mamó la verga arriba de un árbol. Me secó, me sacó hasta el tuétano. Una máquina. Luego mantendríamos la siguiente conversación:

-         ¿Cuánto es?

-         20 cocos.

 

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Es un misterio: en el medio de la puta selva hay un baño completo. Tiene la ducha, el inodoro, cif, ventana con vidrio fantasía, bidé, un tarro de gomina, brocha, pasta de diente, una yilé, jabón, esponjas, dos esponjas, shampú, las toallas! Tiene crema enjuague, flaco! Tiene desodorante, de ambiente y de sobaco, una alfombrita, lampazo, trapo e piso y el palito para limpiar la caca del inodoro. Hay una sopapa, pero no se tapa. Espejito triple, alicate, piedra pómez y setenta y tres paquetes de a seis rollos de papel higienico triple hoja.

 

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Me levanté en la mañana tras haber inflado mis pelotas. Las de goma amarillas a rayas. Las pulpo.

Tuve que hacer pis y caca. Cavar, comer, patear las pelotas de goma. Ni más ni menos. Después me pegué en la ducha. Con la canilla. Me quedó un punto marcado justo arriba del tatuaje que dice TATOO CARRETA en góticas. La canilla se arrancó de cuajo y el agua brotó como un borbotón.

 

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Lo de las pelotas de goma: me fui al fuselaje a buscar cosas. Algo. Lo que te guste más. Esa es la onda hoy día. Si. Es la jungla. Encontré un cajón entre los cuerpos muertos que me llamó la atención por estar sellado y pintado de colores. Ta. Lo saco, lo arrastro y lo traslado a través de la jungla a mi casa. Y cuando lo abro… papá! Pelotas.

 

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En estos últimos días adquirí el hábito

 

De comer la cal de las paredes

Y chupar la tierra de los canteros

De hacer fuerza con la cara

Y hacer fuerza con el cuello

 

De sonar los dedos

Contra las paredes

Así

De escuchar mis pedos

Como si fueran ajenos

Aquí

 

De mirarme asombrado

Cuando llego

Y adobar las paredes

Cuando puedo

 

Dejar mi marca

Con esfuerzo

En el piso

Con los huevos.

 

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Mirá mi sueño:

Me meto en una confitería. Acabo de salir del laburo. Tengo puesto un pantalón VERDE. Por lógica levanto el brazo, indicándole al mozo que se venga, que se arrime a la mesa, que yo tengo un pedido que hacer. El tipo tiene cejas. Por lógica. Las enarca, las enarca desde allá, manteniendo la distancia, como preguntando “¿qué?” Le hago señas, le digo “venga”.

-         Hola.- me dice.

-         Buenas tardes, señor. Voy a tomar una caipirinha.

-         ¿A esta hora?

-         ¿Qué?

-         No hay Happy Hour

Es el boliche que se llama La Paz, como Bolivia. En Corrientes. En la AVENIDA Corrientes.

-         Si. ¿Cuánto sale la capipirinha?

-         CAipirinha.

-         Exacto. Un vaso.

-         Ya sale.

-         ¿Marcha?

-         Sale.

 

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Vi humo en el horizonte y le saqué la ficha al toque: era un barquito. Lo primero que hice fue sobreexcitarme mucho y después calmarme un poco y gritar a voz en cuello la combinación de la alegría y la desesperación o la desolación y la preocupación que siguen al descubrimiento de algo trascendental u oscuramente notable. Tras estos arrebatos le dije a la gilada:

-         Vengan, vengan. Vengan para aca. Por favor. Acérquense. Todos. Vos, el pelado del cuchillo que construyó una cabaña con él. Vos, la china que cultiva en el piso. Ven, gordo, que miras triste el horizonte y no ves el humo que te salvará. Acercaos! Tú, el mago misterioso. Tu, ven. Y todos los otros. Venga toda la monada.

La respuesta no se hizo esperar y no demoró en llegar. La yenchi se arracimó y se conglomeró en derredor mío y se prestó a escucharme.

-         Podemos todos los arbolitos que podamos, peguémosle fuego a ellos, llamemosle la atención a aquellos copados navegantes que pueden llegar a rescatarnos hoy mismo si se avivan de nuestra presencia acá y no son unos necios.

En un tris tras le pusimos manos a la obra y forjamos una bruta hoguera. Un batuque de la san puta. Tres días después, con veintisiete negreros que nos redujeron a esclavos negros, llegó el anhelado, querido y codiciado buque.

 

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Venían de Cabo Dulce, según pude inferir de una conversación entre un beduino y su mascota el babuino Alfredo. Era alfil. De amarras. Ese era el cargo del beduino en el bote. Alfil de amarras.

 

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Según pude entender el menosprecio que ésta gente aplicaba sobre nosotros era cruel y rudo. Rigurosísimo, anque no era una cuestión personal, era puramente business, que en la jerga marinera significa “negocios”. Yo le decía budines. Esto es puramente budines. Era un chiste que compartía con mis compañeros de remo, en la parte de abajo, donde nos daban con unos palos en el lomo y nos hacían remar al ritmo de un tambor que batía un negro puro vigor.

-         Esto hace agua, BOEING- me dijo Sawyer, el rubio.

-         ¿Adonde?

-         Por acá.- y se señaló los genitales con un gesto socarrón en la cara.

Remábamos de sol a sol, con largos periodos de descanso que coincidían con las calmas chichas.

 

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El capitán era un cacique indio. Usaba una campera de cuero negra y una camisa de seda celeste con voladitos. Pantalones a la vieja usanza: chupines de cuero negro. Bota tejana en el pie que le quedaba sano. Al otro lo reemplazaba una pierna de plástico ortopédica hecha a medida en las indias occidentales, según alcancé a oír.

 

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Durante un periodo de la travesía a bordo del AGUAS INTERNACIONALES llevé un diario de a bordo.

 

DIA 1

Le robé los porotos a Julio.

Izé la bandera.

Recibí siete latigazos por izar la bandera.

   

DIA 2

Me siento pesado, tengo olor a pescado y me escoce el culo. Anoche comimos gaviotas. El burgomaestre me dijo que “siga así”.

 

DIA 3

Quisiera tomarme unos matecitos en la terraza del Sheraton. Qué hermoso hotel.

 

DIA 4

Estoy pasado, me hicieron remar solo.

Hoy aprendí a jugar a la payana con cornalitos.

El cocinero dice que mañana comemos pizza.

 

DIA 5

Desde la claraboya divisé siete ballenas negras del tamaño de un camión Scania con acoplado. Un semi. Hermosas ballenas, parecían monstruos con forma de aceituna.

 

DIA 6

Hubo un motín de a bordo. No toda la tripulación tomó parte en él.

 

DIA 7

Jornada gloriosa: me encontré un sanguche de pastrón adentro de un cofre. En el interior del sanguche: chimichanga. Si no entendí mal la chimichanga, o chivichanga, es un burro frito en manteca de Sinaloa.

 

DIA 8

Los piratas me dejaron en mi casa. O me acercaron lo más que pudieron: me dejaron en Puente Pacifico con ochenta guitas en el bolsillo, un bolso con caracoles y un frasco de arena.

 

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