Dustin Hoffman

 

Llegué a casa y gozaban los ladrones. Qué ladrones, se preguntará el obsequioso lector. Unos cuatreros manilargos que me estaban esperando dentro de los muebles, en los bargueños y en los armarios, tras las puertas y bajo las ventanas, albergados con armas blancas y facas en las cinturas, cobijados en la penubra, cagados de calor. En suma, imperceptiblemente instalados. Los primeros días casi no se hicieron notar, pero a uno se le cayó un pedo, o acaso lo dejó ir, y yo lo escuché. Yo lo pude oir y me turbé. De cualquier manera, hice como si nada y continué lustrando mi rutina natural, sacándole brillo al ir y venir cotidiano, bruñendo el trajín de todos los días.

Una vuelta, saliendo del supermercado chino, me encontré con José Fernández Viraola, un neuquino que bien mirado me recordaba a Dustin Hoffman en Tootsie.

-         Hola, Dáftin, qué me contai?- lo increpo.

-         Eh… bien. Aquí. ¿Y usté?

-         Tranqui.

-         Bueno, Don, hasta más ver.

-         No, no. Esperese, buen hombre, que hay algo que debo decirle.

-         Dispare.

-        

-         Digamen.

-        

-         Exprese o hable. Que no tengo acá toda la tarde para usted.

-         …Bueno, mire, lo que pasa es que hay gente que me malquiere.

-        

-         No me quieren bien.

-        

-         Yo estoy enterado que usted es el portero de mi edificio.

-         Es verdad.

-         Y que esto no es ningún secreto para nadie.

-         Cierto.

-         Hay una gotera en mi casa, fallan las canillas, está roto el cielorraso, hay problemas con el termotanque, no funciona la llave de paso, la electricidad es un asco. Todo lo que es instalación electrica, de agua y gas va mal.

-         No me diga.

Lo manipulé a través del convencimiento y la maniobra o el subterfugio y conseguí meterlo en mi departamento. Ni bien pasó la puerta, le solté la siguiente frase:

-         Ayúdeme a deshacerme de estos ocupas.- cerré con llave y me fui.

 

***

Tras haber pasado una temporada en el infierno sin haber alegrado ninguna vulva, quiero bolichear para encontrar la rubia dorada de mis sueños o la negra ébano que me alboroce. Se sabe que hay que darle de comer al ganso. Planeo gozarla, hacer la vida. Deleitarme con una loca.

Hay que agitar. Me quiero tomar una pastilla y frotar guaso el esqueleto. Si yo fuera a una discoteca menearía sugestivo, con una suerte de reciedumbre. Hay que estar ahí y poner un poco de huevo. En principio me tomaría un café en un pool, como precalentando la cosa. Después tomaría un daiquiri en un pub, rodeado de turistas italianas. Me compraría un puro. Luego, tipo once, entraría en sintonía con la noche y su mística. A las doce me colaría un cuarto de pepa, para ver qué pasa. Daría una vuelta por la plaza Serrano, recibiendo la vibra de las hembras floreadas…

Dos, tres de la matina, el auge: una mamada en La Ideal.

 

***

Comprendí que el cambio social comenzaba con uno mismo, en uno mismo, o a partir de uno. Acto seguido toqué el timbre de la calle Boedo 466, que no andaba. Había que batir palmas. O golpear la puerta con una baldosa, o los nudillos. Como la tercera opción se me hizo la más potable, opté por ella. La puerta de madera pertenecía a la dueña de la pensión. Una señora que se destacaba por su cara apareció en el vano de la tranquera, comiendo una zanahoria. Como un conejo. Me recordó la anécdota que me contaba siempre que podía Marcelo Quequea.

-         Laura, la porfiada, era una culiada… era mala.- me decía Marcelo Quequea.

-         ¿Y lo del conejo?¿habia un conejo?

-         Bueno, hete aquí que una vuelta le regalo un conejo a la mina.

-         A Laura.

-         Claro. Entonces la pendeja se lo lleva para la casa y lo pone en el balcón al conejo.

-         ¿Si?

-         Entonces lo deja en el balcón y lo engorda, lo adoba con lo que encuentra. Le da carne, mentendés, cualquier cosa le da al conejo para hacerlo crecer en tamaño, hasta que duplica, el bicho.

-         ¿Con la comida?

-         Claro. Entonces cuando el muñeco está grande, bien crecido, la hija de puta va y lo acogota, le tuerce el cuello y lo decapita a cuchillo.

-         Fa!

-         Pará, porque el conejo no se muere. La mina le torció el cuello, se lo cortó con una navaja, y el bichito sigue respirando, comprendés? Entonces la tipa ésta monstruosa con la que yo salía, la hija del matarife éste, que también era un hijo de puta, la forra ésta, le aplica la fuerza bruta y le aplasta el cuerpo con un adoquín.

-         No!!

-         Si. La mina baja a la calle con pala y cortafierro, saca un adoquin de la calle sin pavimentar, porque era una calle sin pavimentar donde vivia la mina ésta.

-         ¿Colegiales?

-         No, pero por ahí. Chacarita más bien. O Villa Ortúzar.

-         ¿Y el conejo?

-         Murió en el acto. Le dio un bobazo.

 

La señora abre la puerta y deja caer la zanahoria, que rueda por la vereda hasta caer a la zanja y quedarse ahí. Fija.

-         Señora… buenas tardes.

La vieja me mira como si me conociera.

-         ¿Qué tal?- me dice.

-         Bien.

-         Pasá, pasá nomás.

Entro. Hay una pava arriba de una garrafa con hornalla. Pero no es eso lo primero que veo. Al contrario, mi vista tropieza en principio con una serie de objetos que paso ahora a enumerar, como si esto fuera suficiente para dar cuenta de lo que en aquella casa me esperó o me encontró esa tarde ahí: una columna petisa, suerte de adorno perverso, que en su tope tenía un gato de verdad con una heraldica en el pecho. La columna dividía la habitación en dos, de manera que a la derecha estaba la escalera caracol, que trepaba no menos de seis o siete metros en zigzag; dos puertas que semejaban glandes cerraban el ala izquierda. Las tres paredes restantes estaban definidas por una serie de ventanas concatenadas, de modo que no parecían ventanas sino más bien una suerte de biombos notables, que le daban la apariencia general a la habitación de una antigua iglesia o un panteón jesuita.

Ahí, ahí mismo, de dorapas, me habló la vieja.

-         ¿Querés tomar un té? Puse la pava aca.

-         Bueno.

-         Contame algo.

Dudé. Pensé. Me rasqué el antebrazo y buena parte del pecho. La vieja estaba en otra, doblada sobre sí, plegada como una almohada vienesa tocando la pava con un dedo.

-         No te oigo nada.

Qué le iba a contar. ¿Una anécdota? No. Me habia dado cuenta de que la mina me confundía con otro, o algo así. Quería que otro le contase algo. Se había dado un extraño juego, en el que yo era una pieza. Quería que alguien le contase algo, alguien que yo no conocía. Entonces, el dilema: le seguía el juego a la dama o confesaba. Mi mente bifurcó dos o tres posibilidades, pero a la hora de los bifes lo que salió fue esto:

-         ¿Alquila habitación?

-         Claro, m’hijo. Para eso estamos. Son $500. Esto incluye luz, agua, gas…

-         ¿Tiene bañito?

-         Compartido con otros.

-         ¿No es un poco caro?

-         Es caro. Pero claro, al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen.

-         Bueno, lo pienso, cualquier cosa me vuelvo a pegar una vuelta, Señora.

-         Bueno, pero usted caga en una bacinica de oro, dónde más va a cagar en escupidera de oro?

-         ¿Y el té?

-         Se lo debo.

***

Maté a un árabe, un saudita. A un moro. Y caí preso con todas las de la ley. Grilletes, esposas, pantalón y camisa a rayas, gorrito, lentes ray ban redondos. En una primera instancia me pusieron en la comisaría 38. En una segunda instancia, me trasladaron adentro de una camioneta. En una tercera instancia, me depositaron en un penal de alta seguridad. De máxima seguridad. El traslado fue penoso, porque me sentaron enfrentado a un delincuente. Tuve la chance de escuchar todo lo que tuvo para decirme, y no me gustó. En principio mencionó a mi vieja, como si la conociera. Como si la conociera bien. Luego me escupió que no era inocente y que me iba a violar el culo en cuanto se diera la coyuntura en la ducha.

 

***

Habiendo caído recluso en todas las de la ley, incluyendo el traje a rayas y las gafas de marca y los zapatones, habiendo sido trasladado de la comisaría al penal, fui bajado de la camioneta asido por la cabeza o el cuello.

Atravesé a pata el pabellón de los locos peligrosos y de los reclusos más violentos, engrilletado por los tobillos y escoltado por dos amanuenses y tres milicos uniformados de civil, recibiendo proyectiles varios, improperios vastos y arañazos leves. Era la gente que estaba ahí encarcelada la que así me recibía. La vida en el presidio no prometía holguras.

***

Me adapté bien, en principio. Me hice amigo del alcalde de la prisión. El alcaide. Vendría a ser como el dueño de la cárcel, o el hombre a cargo. Me prometió cuidados especiales para conmigo a cambio de favores. Y le gané ocho gambas al poker. Igualmente acá la moneda de cambio es el pucho. Lo que se dice el cigarrillo. Pero me adapté bien. Hago tratos. Por lo demás, me mantengo firme en mis trece a fuerza de ejercicio físico. Un coreano me enseñó una técnica en el patio.

 

***

Si usted nunca estuvo en galera, sepa que: una vez por semana lo afeitarán en la cabeza,

un hombre robusto le pegará una ducha a través de la manguera, le pondrán talco en todo el cuerpo para los piojos y no habrá lugar para el amor hetero.

 

***

Revuelta en la cafetería/salón comedor.

Hubo una revuelta en mi chirona. En la ergástula en la que estoy vivo. Se dio fortuitamente. Estaba en la cafetería de la cárcel, en la que paso mis días desde que degollé a un moreno chico del medio oriente, con una lámina de siesta en la cara que no me permitía sentir mis necesidades.

El salón comedor consta de un amplio techo sostenido por columnas de fierro pintadas de gris mate. Estas columnatas presentan al ojo del espectador una serie de registros caligráficos hechos a sangre y pulso por los redivivos presos. Por citar algunos: Puto el que lee, Boca campeón, Aguante, Vitorio chupa pija, Carlos felador, Ignacio soba goma, Jesús Me Ama, Víctor y Nancy, No sé muy bien sobre qué pierna bailo, La chupo: 156-549-5396, Dicen que llueve pero nos están meando, Perón cumple Evita dignifica, El futuro ya llegó, La comida es una mierda. 

El suelo es de goma. Sobre éste se erigen doce largos mesones de metal, a cuyos laterales sendas sillas de plástico se yerguen tácitas. El resto es como en Macdonals. Se arman unas colas tersas, como soretes largamente contenidos y por fin soltados a la marchanta en el verde del parque. Éste mediodía me encontró parado en fila tras el negro culo de Humberto Sosa.

-         Tomá distancia, Negro.

-         ¿Lo qué?

-         Apestás

-         ¿Querés una piña?

-         Apartate. Y probá de lavar el orto cada tanto.

Nadie llegó a probar bocado.

***

Duelo en la ducha.

Cuando te quieren romper el culo, se busca el lugar propicio, y qué mejor boliche que los baños. Y claro, se cae de maduro: se aprieta un jabón hasta que el mismo brota alegre del puño y los roles se reparten. Esto me pasó el jueves y a mi no me tocó apretar el jabón.

-         Dame el jabón, padre- me dijo un puto desnudo.

-         Chupala.- le repliqué campante.

-         Dale, gay.

-         No, ni en pedo.

***

Juegos en el patio.

Cuando los reclusos se cansan de estar confinados en el hacinamiento, y para que no se maten entre sí de bronca, se los deja jugar al aire libre en el patio. De esta manera se nos permite recrearnos libremente dentro de una rígida estructura autoritaria. La creatividad está estipulada escrupulosamente. Está permitido: fumar, correr, hablar, cantar, pensar, citar la biblia, competir, airearse, tararear, chocar los cinco, la payana, el ludo, hacer dobletes, meditar, pedir fuego, asolearse, hacer abdominales, pulseadas, dados, campeonatos de chistes, digalo con mímica, poliladron, terrome terrome, rayuela, levantar pesas, la caminata lunar.

No está permitido: chocar, gritar, bambolearse, gemir, tocarse, golpear, la marchanta, saltar la soga, el puente chino, jugar a la bolita, esnifar coca, el bulto, cavar, elegir un lider, complotar, herir, jugar al quemado, la mancha venenosa, el balero, el breakdance, la lambada, el hula hula, practicar religiones paganas, aislarse.

2 comentarios para “Dustin Hoffman”

  1. la tata Dice:

    buenisimo che!

  2. pablini Dice:

    muy bueno muchachos, la parte en la que el tipo en la ducha le dice:
    “dame el jabon, padre”, es excelente ese dialogo.que pasa que no hay mas comentarios ?, envidia, nada que decir?.CARETAS!

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