Sheldon
Estaba en casa con Fabián y Manny, fumando droga. En el perchero vi un rostro formidable, por la colgadera, y me sentí súbitamente fortalecido y a la vez también copado y asustado. Fabián Hmbert se sirvió de mí para trepar al techo y tocar la lamparita, que le llamaba la atención a causa de la droga que ya exudaba a borbotones por los poros. Lo aparté y calló, sentado. Planeábamos tomar por asalto el mundo, la ciudad, el barrio, atacándolos a todos. Queríamos una revoluta, o al menos la revolución.
- - Esperá!- tartamudeó Manny, mi amigo ciego.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una cantidad de objetos: una cinta métrica, inverosímil en un ciego, una brújula, inverosímil en un ciego, una carta de navegación, ídem, una fotografía en blanco y negro de un hombre y una mujer. Dispuso estos elementos sobre la mesa junto a la coca, el faso, los barbitúricos y la coca cola. Yo me saqué el lápiz de atrás de la oreja, dibujé una planta del Ministerio de Obras Públicas y expliqué con simples eufemismos y burdas metáforas el plan de acción, culminando la diatriba con un perfecto eructo retórico.
- - Esperá!- cloqueó Manny
Fabián y yo estábamos al borde de la comprensión definitiva, tomados de la mano, cloqueando también. Los ojos bizcos, él intentando mirarme la nuca. Yo, frente a él, hacía lo mismo.
- - Esperá!
Súbitamente me iluminé. Busqué bajo la mesa y dentro del placard, sobre la cómoda y detrás de las paredes. Inspeccioné bajo el colchón y dentro del escaparate con las tortugas embalsamadas y las flores secas. Cuatrocientos metros había dado, en pasos, en un cuarto de dos por dos, o en un cuarto de tres por tres. Encontré lo que buscaba. ¿Qué encontré? ¿Qué buscaba?
- - Esperá!- dijo Manny, el amigo ciego. Subió bruscamente por la escalera al altillo y ahí se quedó un rato, veinte minutos, una cosa así, y bajó desnudo con un moño y un gorro gracioso. Fabián y yo tuvimos un ataque de risa, no parábamos de reír.
- - Jaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Jua juuuuuuuuja ja jua ja. Jijijijiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Ay ay ay ay ay
No sé cómo se sentía Manny, sus ojos eran momentáneamente párpados dibujados.
- - Juaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa hahahaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhiiiiiiiiiiiiiiiii
Se sentó nuevamente a la mesa con nosotros, y nos explicó la epifanía que había tenido ahí arriba en el altillo: SOLO KILOS DE DOLOR PUEDEN MOLDEAR EL CUERPO SOCIAL.
Fabián evitó el contacto visual con el organismo desnudo del socio ciego. Se puso con un poco más de todo: con la tarjeta hizo tres prolijas líneas blancas. Lo hizo con cuidado y primor. En los vasos vertió coca cola. Prendió un porro y me lo pasó con la afectación del loco que pasó seis horas en el mismo cuarto con un ciego desnudo y un impresentable.
Salimos los tres a la calle, en fila india, a comprar forros a la esquina. Subimos al auto, la idea era pegar minitas y más falopa en Niceto Club.
- - Galopera y paranoia. Cleptocracia!
Manny sacaba la cabeza por la ventanilla, vociferante. No tenía ningún control sobre su saliva, que chorreaba y le empapaba la remera y la mochila genital. Me recordaba a esa película con Bruce Willis, en la que el tiempo se desdobla y se pliega como un pañuelo. Pusimos empeño en cantar a coro lo que sonara por la radio. Fabián hacía bailar el auto, coleábamos en cada esquina.
- - Mirá esto- me dijo Manny y se llevó una botella a la boca. Fabián torció en la esquina y la fuerza centrífuga le cargó el torso de alcohol al ciego.- Probá vos, ahora.
Repetí la experiencia en la siguiente esquina y perdí el conocimiento. El auto continuó rodando por la ciudad, acarreándonos. Fabián cantaba las rolas, Manny bebía en las curvas, y yo soñaba que estaba en el patio de la escuela recreándome en el recreo. Estaba jugando al voley con las chicas. Cecilia, Paola, Gabi, Raquel, Mónica McCornick. Los demás jugaban al fútbol. Se había hecho correr la mala bola de que yo era un puto. El cabeza de turco pretendía forrearme. Gastón. Me increpó frente a las niñas.
Putooooo
No jodas
Putoooooo
Amagué y no se comió los mocos. Raro, no normal. Yo hacía tae-kwon do, le atajé las manos. Los dos nos quedamos congelados. Un segundo crucial. Cuando Gastón quiso le doblé los dedos bien fuerte. Lloró. Las chicas lo rescataron y lo pasearon en andas, le introdujeron el cráneo en una letrina. Lo escupieron y le sacaron el guardapolvo. Le dieron fuego en una hoguera que improvisaron ahí mismo. Era sábado y mi vieja me había llevado a los lagos de Palermo como todos los sábados. Me puse a cargar agua con una botellita de coca cola en la orilla. Mi vieja me decía “te vas a caer, te vas a caer”.
No me voy a caer, mamá
Te vas a caer
No me voy a caer mamá
Te vas a caer
No me voy a caer
Mi madre me vió desaparecer en el agua, corrió, hundió un brazo y me sacó de los pelos en un solo movimiento. Me apoyó en tierra firme, todo cubierto de algas, verdín y mierda. No podía respirar por la nariz, y soplaba por la boca como un boludo. Como quien toca una ocarina. Ahí, en el Parque, había una escotilla en el suelo. La abrimos y nadie quiso bajar, porque eran todos cagones, y el único que se ofreció fui yo, que bajé arengado por las arengas de los pibes: Santi Moraes: petiso, narigón y risueño; Fede Bidigaray: fuerte, rebelde, inocentón y huérfano; Ismael Mon: tímido, apocado y de ojos celestes; Javier Vazquez: ojos de huevo, cara de plancha y pelo de mujer. Estaba el sapo ahí, lo habíamos visto ya desde arriba. Bajé la escalerita de metal o de fierro, agarré el sapo, me lo metí en el bolsillo de la campera y volví a subir. Todos contentos. Volvimos a la escuela, nos fuimos al ultimo aula del ultimo piso, prendimos un cigarrillo y se lo metimos en la boca. No se dejaba. Igual se lo encajé en la boca apretándole la cabeza con cuidado, pero no funcionó. No lo fumó.