Sospecha de una efigie/Corpse tumbado/King Kong en el subte
Camino un poco con reciedumbre, un poco con pesadumbre y un poco mareado por los arrabales del conurbano, de perfil a la via. Pasa un tren, veo un borroso chancho picando boletos y lo que me parece ser una señora de cabeza grande. No ladra un perro en la distancia y tengo la cara yerta por la helada.
- Andate de mi casa. De ser posible para siempre, por favor.
- Esperá, dame razones.
- Anídate lejos, vete de la casa en este instante. Después te mando tus cosas.
- ¿Por correo? ¿La ropa por correo?
Salté a la calle como por un tubo y me fui por las ramas. Por las ramas de los arboles como Godzilla en Nueva York, como King Kong en el subte, como Winston Churchill lo hubiera hecho en la húmeda posguerra.
Salto a la calle embolsado en una angustia galopal, reembolsado y embolsado, como por un tubo. Las aceras desérticas chocan contrastando fiero y duro contra mi cuerpo grande, mi tez morena y mis ojos achinados. Mi nombre es Sergio, me repito atravesando la via del ferrocarril. Mi nombre es Sergio, tengo 37 años, soy solo. Voy a eludir cualquier pensamiento que no me represente entera y enérgicamente.
Entro al almacen de ramos generales.
- Hooolass amigo!- me atiende Sergio, mi tocayo dilecto.
- Sergio.
Le quemo el bocho contándole la historia reciente de mi vida. Me da un vaso de tinto entero y trata de reconfortarme.
- Hay muchos peces en el agua, quedate tranca. Hay tantos peces en el agua como granos de arena en el cagadero de un gato.
- Me dijo que me manda las cosas por correo.
- ¿Por e-mail? ¿La ropa por e-mail? Imposible.
- Puede ser muy injusta a veces. Intratable.
- Intransigente, dura..?
- Ya está.
No ladra un perro cuando cruzo la barrera y me meto en la Avenida Pavón. El 37 me chupa, me absorbe, me arrebata y me lleva a Capital, a la casa de mi madre.
Madrugada, tres de la mañana, chufle, fresquete, tornillo; rolo un faso. Entro al departamento sigiloso como un chacal, como una hiena embarrada, con la llavesita. Hago un lento stop en la kichinette, o kitchenet, para tomar aire, agua, pan, dulce, té, queso y una mermelada. Tras paliar el bronco bajón me meto en mi cuarto. Hay un bulto en mi cama, un hombre, la incofundible forma de un cuerpo, acaso muerto. Un dead body, como dicen los ingleses. Un corpse tumbado, encolchado en mis mantas. Me acerco, constatando que respira, mas sin roncar. Lo toco suavemente y se despierta.
- Hola. Soy Sergio.
- Hola.- me replica.
- Supongo que mi madre te alquila ésta habitación.
- No se…
- Vamos a tener que compartir la cama.
- No, para nada.
- ¡Madre! ¡MAMÁ!
La habitación de mi madre es el cuarto contiguo. No me molesto en tocar la puerta, pero asomo la cabeza con el debido respeto que se le debe a una santa madre, especialmente teniendo en cuenta la presencia de Sergio, su pareja y mi tocayo más execrable, que yace azulado.
- Hola, mamá. ¿Te desperté? Hay un hombre en mi cama.
- Sergio… ¿qué pasó y qué hacés acá?
- Me separé. ¿Quién está en mi cama?
- Ya me levanto.
Me siento en la mesita del comedor, rodeado de un ominoso silencio roto por el crepitar de dos pretéritos recuerdos tristes: una vez mi santa matrona me llevó de paseo a la Rural y me compró dos pollitos. Uno se murió solo y al otro lo pisé.
Mi cabeza se comporta erráticamente. Mi espíritu se drena, mi alma se condena. Y en eso cae mi vieja.
- Hola
- Me separé.
- Hace cinco años que no venís. Ni me llamás, ni me escribís.- chilla la vieja.
- ¿Quién es ese tipo?
- ¿Quién? ¿Sergio?
- No, el inquilino.
- ¿Qué inquilino?
- El hombre que vive en mi cuarto.
- No hay nadie en tu cuarto Sergio. Tu mente te juega una mala pasada, como en El Club de la Pelea, como en El Maquinista, como en La Ventana Secreta, como en El Número Veintitrés o Veintisiete con Jim Carrey, y otras tantas pelis. Ahora lo que vas a hacer es distinguir la realidad de la ficción, o no, mejor aún, te vas a ir a dormir. Y mañana hablaremos.
Mi mamá me da un beso en la cara, me contempla con minúscula aprensión y se espianta para el tocuarto suyo.
Voy a la cocina, abro la heladera, bebo agua helada, trago una aceituna e inhalo la áspera fragancia de un pedo reciente de mi propia manufactura. Pienso que quizás el perfume quedará atrapado cuando cierre. Me llevo la botella de agua al cuarto.
Toda la noche sueño que un ente abstracto tripartito, que es La muerte, El ser y La nada, me impide mover la cabeza del Rey de un tablero de ajedrez microscópico. Pienso que si con la fuerza de mi voluntad logro torcer las chances a mi favor y mover la cabeza del monarca, una nueva era acabará naciendo.
Si bien el despertar no fue nefasto ni demasiado calmo, el desayuno fue copioso y agradable. Como dicen los yanquis, nice. Pero pensando a la marchanta recuerdo que al alba, en el catre, no yacía él. Yacía yo. Yo solo. Como Satán revisitado en una fábula de poca monta.
Mi madre tampoco está, ha de haber salido a por algo. El puto del dorima me acosa a la hora del morfi, preguntando y volviendo a inquirir con repreguntas.
- ¿CÓMO ESTAS?- indaga mastica traga un bofe dulce.
No me gusta contestarle directamente, de modo que lo evado con digresiones, vaguedades y rodeos y circunloquios.
- Si, basta. ¿Quisieras alejarte de la mayonesa? Yo sí quisiera poder tomarla en mis brazos en tu ausencia.
- Bien, bien… ¿Laburando? Tu madre me dice que estás copado con la gastronomía.
Su tono asusta. Me espanta su aspecto. Me encrespo ante su expresión. Aterrado por la manera en que Sergio traga saliva me estremezco. Tiemblo horripilado. Paramos de comer y me voy al cuarto.
Estoy en el cuarto y no quiero mirar a la cama. No quiero mirar a la cama. En la cama yace la sospecha de una efigie. Voy a mirar por la ventana, me acodaré en su marco para hacerlo. Veo la calle, con todos sus ingredientes y aderezos. Veo las veredas, que serían la masa. Los coches serían la sal, y los edificios el tuco. Las casitas, la cebolla; los perros, el orégano. Los seres humanos son aceitunas y la mozzarella es el empedrado. Algo me llama la atención. Un culito. La portadora vive aparentemente ahí en frente, en un edificio recientemente edificado. La observo despacio o en sucesivas lentas etapas. La primera: hallazgo. La segunda: excitación. La tercera: disfrute. Busco un zoom y la miro de cerquita. Descubro azorado que tiene una colita de cuadril. Me sorprendo pensando que ese ojete es un pan de dios. Calculo que está cocinando.
Miro a la cama y está el tipo. No está sentado fumándose un pucho, está igual que anoche, dormido. Lo quiero despertar.
Lo despierto.
- Hola- me dice saturado de naturalidad.
Me siento en la silla y le doy un tabaco. Se incorpora. Se despereza y hace un paneo general. Está tranqui, fuma el cigarrillo con delectación. Se detiene en la rubia de la ventana.
- ¿Sabés qué? Yo en realidad no fumo.- dice éste tipo, acaso mi alter ego maldito.- Aunque éste no sea mi primer cigarrillo. Y tengo muchas más anécdotas para contarte.
- Tenés dos minutos para volar de acá, pendejo.
Me pongo a darle en la cara con un puño. Él, Fulano, cae fulminado. Pienso en cortarlo en pedazos y con ácido muriático deshacerme del cadáver en la bañera. Barajo la posibilidad de tirarlo por la ventana y que se estrole. Calculo la opción de quemarlo. Observo la variante de enterrarlo, de ocultarlo en el closet, de exhibirlo, de crucificarlo cabeza abajo, de picanearlo, de hablarlo con alguien. Con esto ultimo en la cabeza, lo ato y lo maniato para que no huya, e inclusive le pongo en la boca un boniato.
En las páginas amarillas consulto la sección psicológica y ubico una terapeuta. Arreglo una cita, infortunadamente para la siguiente semana. Está bien, me digo, no importa, voy ahora. Primero lo que hago es darle una ducha helada, secarlo, peinarlo, arroparlo, maquillarlo y perfumarlo con colonia y agua de azahar.
- El agua de azahar se usa para pastelería. – le digo.- Se usa para el pan dulce. Tiene un rico olor. Ahora te voy a sacar a la calle y te tenés que portar bien.
No me hace caso y lo noto. Se retuerce en la silla como una anguila en una ingle.
- Te doy tres cosas: güisqui, trompadas y cloroformo.
Amansa tanto que queda desvanecido e incapacitado, así que lo arrastro con sogas y me lo llevo a la vereda.
Acá vendría una descripción de los autos que no frenaron, de los taxis que no pararon y de Sergio haciendo gestos frenéticos en el medio de la calle, pero el verdadero narrador de ésta historia no es Sergio sino yo, el fulano tirado en el piso, que en ese momento sacó provecho del descuido y escapó raudo.
Doblé en la primer esquina, las manos atadas a la espalda, la boca bloqueada por el boniato, la mente desvinculada y atomizada por el alcohol, la cara roja de maquillaje, el cuerpo dolido, el espíritu agotado, el alma agonizante, los pies sin zapatos y el ánimo caído en congoja.
Corro siete cuadras hasta un taller mecánico, que está cerrado por duelo. Miro en derredor y encuentro un niño. Junto al niño, una perra embarazada, dos almohadones sucios en el suelo y una radio portátil con una transmisión en directo. Pateo la perra y le pido al nene que me desate. Una vez libre de manos, me saco el boniato de la cara.
- Era un nudo marinero.- me dice.
Le doy propina.
En un almacén me compro un cartón de vino y me lo tomo en Plaza Cagancha. En una carnicería compro un bife y lo cocino a la plancha.
Telefoneo parejo a los cuatro conocidos, organizo la joda que tenía en la cabeza y me siento a esperarlos. Todos vinieron. El poeta fallido Raul Morales, Charlie Sheldon, Guido Moglia y Ezequiel, el travesti que se hace llamar Mina. Durante la tertulia todavía sentía los coletazos del suplicio.
Jugamos al truco. En la tirada de reyes me tocó en suerte Charlie Sheldon. Por decantación la otra pareja fue el resto. Cuatro tipos a una mesa y un travesti al margen. Se reparte la primera vuelta y soy mano con un ancho falso, uno de basto y un siete de oro.
- Los voy a coger de dorapa, putos.- arengo.
- Veni.- me dice Charlie Sheldon. Yo hago los guiños y muevo la boca. Él no entiende. Tiro el siete.
- Veni, te digo.
- Te tiré un siete de oro, qué querés que haga. ¿Qué me disfrace de gallina? La puta que te parió.
- Ta.
- Envido- canta el poeta.
Miro a mi pié. Está en babia.
- ¿Cómo venimo?
- Tamo al horno.
- Joder. Quiero, Morales.
- Veintisiete.
- Matalo, Charlie.
A Charlie le cuesta contar los numeritos, pero se entona unos “Veintiocho de mano, careta. ¡GIL!”.
- Son buenas.
- Obvio.
- Las quiero ver en mesa.
- Jugá, sogán.- le escupe Moglia a su partenaire, que tira una triste sota.
- Bajita…- le pido al pibe.
Tira un once, el caballito de Troya. Joya. Guido entiende y saca un siete de espada. Grita- ¡Truco!- con la carta en la mano.
- Jugá, maricón.
- ¿Querés o no querés?
- Quiero.
Guido pone un tres, confiado.
- ¿Alguien dijo retruco? – pero antes de eso pongo cien mangos arriba de la mesa.
Guido Moglia y el poeta se consultan en silencio.
- Quiero.- dicen los pibes.
- Los billetes sobre la mesa quiero.
- Acá están.
Hay que saltar y salto. Pongo el ancho de basto.
- ¡Salta violeta! – se escucha.
- Chupala.
Raul pone un dos, Charlie saca una carta y lo paro en seco.
- La otra, poné la otra, abombado.- Tira el cinco.
Pongo un ancho falso, el uno de copa. Raul sonríe, se pone serio y tira un beso sobre la mesa.
- ¡Retruco!- grita el boludo de Charlie.
- ¡Ya estamos ahí, ENFERMO!- me apuro- ¡QUIERO VALECUATRO!
Se van al mazo.
Durante la mañana siguiente Guido Moglia durmió la mona, dio de comer a los pájaros, vació los ceniceros, tapó al travestido con una pilcha, despegó las cartas pegadas a chicle de abajo de la mesa, lavó los trastos y puso a hacer café. Después agarró mi llave y se fugó, no sin antes guardarse la tarasca en sus bolas. Se tomó un taxi, un tren, dos taxis más y fue a parar a Lugano. Uno y dos. Ahí lo robaron. Le sacaron todo. El saco, la camisa, el pantalón, los zapatos, los calcetines y el portafolio. Lo dejaron en calzoncillos. Adentro de los calzoncillos, la pija y la plata. O los huevos y la teca. Los gobelins y el money.
Cuestión que Guido Moglia quedó desnudo en Lugano uno y dos, con siete lucas en el paquete. Cambio chico para peor. Todo un bulto.
- ¿Qué hacer?- gimoteaba Güido.- ¿Qué hacer ahora? – y reía.- JA JA JA JA.
Era la viva imagen de la desesperación eufórica. El mismo desamparo que tendría un neurasténico si se le prende fuego la camisa en un confesionario.
- ¿Qué hacer aquí y ahora?
En ese punto Guido Moglia hechó a correr. A las tres, cuatro horas llegó al centro. Había un cacerolazo. Una señora gritaba mientras su criada batía las ollas. Otra mujer, muy entrada en años, totalmente ajena al caos social y de rodillas en una vereda, jugaba a la payana con una serie de cantos rodados.
Moglia avistó una tienda de ropa y así entró:
- Me robaron, pero aquí traigo el dinero.
El vendedor era pibe y muy afable, le puso un pantalón, la camisa y los zapatos y le cobró trecientos pesos. Guido se dejó emplazar el saco sobre los hombros cansados y miró al pibe afable.
- ¿Y las medias?
El pibe lo contempló.
- No hay.
El poeta fallido Raúl Morales se calzó el revolver, el pulóver, las calzas y se puso el reloj, las zapatillas de altos deportes extremos, una muñequera blanca, medias a juego, gorra de lana, gafas negras y sudadera. La sudadera es ese tipo de musculosa que viene con agujeritos toda perforada a la que también se le llama ballenera.
El poeta fallido Raúl Morales, ensoñado con la quimera, el ideal y el hondo anhelo de la patria socialista, había viajado toda la distancia que separa Buenos Aires de las minas de Potosí, donde sufrieron tantos indios bajo la mano dominante del yugo español, y lo había hecho en patas sobre un micro, entre gallinas, nativos y criollos autóctonos, con el fin de emancipar a la monada de quinientos años de sumisión y ultraje.
El poeta fallido Raúl Morales -y ahora contamos algo de su espíritu- un acérrimo libertario y tenaz librepensador, era lo que los psicólogos han sabido llamar, acaso un poco apresuradamente, un caído de la palmera (como la gran rítmica de los Stones, que supo sucumbir en su momento a la exacerbada ingesta de ansiolíticos y psicofármacos combinados, dando por resultado una combineta letal y nefasta, paliada por la diálisis y el luengo consumo de THC, desembocando todo esto en un porrazo de público conocimiento).
Al poeta fallido Raúl Morales le gustaba la caña Legui. Había una publicidad famosa en los años setenta en la que una minita, en evidente doble sentido, le decía a un flaco, fulano, ¿me bajás la caña?. Le gustaban también los cigarrillos, usar bigote a la uruguaya, Jean-Jaques Rousseau, la timba y Pappo’s Blues. Su poesía era el tántrico compelio de éstas atípicas satisfacciones, y daban un resultado negativo, poniendo a Raúl Morales en una frustrante encrucijada: verbalizar a través del esfuerzo estético una moral y una ética del proletariado, o bien incursionar en una lógica absurda y llegar a un producto desprendido de las circunstancias, alejado del llamado de las necesidades básicas de las clases más postergadas.
El poeta fallido Raúl Morales ha publicado un libro homónimo que fue la piedra fundacional de su fiasco. En él se narra sucintamente la aún fresca anécdota de cuando presencia el acto que dio Juan Domingo Perón en la plaza, en el cual el general arenga a responder a la violencia de los violentos con una violencia aun más violenta. Su ensayo en verso tendía a enfatizar las vocales, las eses y las ye pronunciadas por el prestigioso líder antigorila basado en una teoria del estado de bienestar. Naufragó.
Cuando el poeta fallido Raúl Morales llega a las minas de Potosí lo que ve es una señora meando. En la calle. Ve una serie de niños menesterosos huyendo de la privación, la escasez y la miseria, una choza, un montículo de piedras con una cruz torcida, una madre pariendo y un grupo de babuinos solos. No se le ocurre otra cosa que congraciarse con el prójimo. Sus altos valores y su persistencia inquebrantable lo condujeron a cambiarle los pañales a una criatura cagada. Esto sucedió en Bolivia, a 4067 metros de altura respecto del nivel del mar, considerando que la mar se ubica a un metro cero.
El poeta fallido Raúl Morales morirá en siete días, fusilado a conciencia bajo el lumínico Astro Rey, sin juicio ni previo aviso, habiendo ya plantado en el útero de Sor Maria Elena Díaz de Cálaco Balseda la próspera simiente de una honda y sangrienta revolución insípida, funesta y fortuita.