Tecleando

Hoy, con ganas, con arrebato ganador, me pegué una afeitada con un impetuoso ardor. Porque en lugar de imponerme jabón en las mejillitas no me puse nada. Me rasuré así, en sequito. Ulteriormente corté unos pedacitos o pedazos de papel higiénico y me los coloqué. En la facha. Lo hice para parar la hemorragia que me promoví. La incisión que me auto generé en la jeta cuando me abrí la carne a gillette.

Digo que me afeité, y lo hice para ir a un casamiento, cosa que no había hecho todavía aún yo en la perra vida nunca ni por puta. Y el tema era la apariencia. La figura exterior, el porte. Y la ropa. Me puse una camisa blanco teta y noté lo que me faltaba: un frac.

En la comiquería pregunté o consulté con escaso tacto donde conseguir un puto frac y, de paso, me compré el último número de Asterix, intitulado “Con A de Asterix”. Me dieron indicaciones para llegar a Bulnes y Guardia Vieja, en donde me probé un traje blanquinegro con voladitos y un par de bocamangas de madera súper ajustables, un traje beige con dobleces que quedaba chico, otro con pechera plateada y mancuernas parejas de marfil, hasta que al final me quedé con uno amarillo con un toro estampado en negro, medias a juego y un sombrero bombín demasiado choto. Para rematar la cosa como quien pone la guinda al postre, me coroné con unas botas charoladas reversibles y un par de anteojos de falso carey.

Dado que eran las tres de la tarde y que a la fiesta pensaba llegar doblado de borracho y con un par de gatos alquilados, y que todavía no me había bañado, me pegué un duchazo completamente desnudo en el baño de casa, me separé ordenadamente lo limpio de lo sucio, llamé al quilombo para reservar las chicas, me aplasté el bigote con óleo graso, sustraje del armario aquellas prendas que no iba a utilizar y las reservé para otra ocasión importante o acaso más propicia.

Cometí una pelotudez grave: me cagué en el frac. Quedó teñido de marrón y vergüenza. Me había quedado sin casaca a minutos u horas de la gala loca. Trasca cayeron las putas. Todavía sobrio,  me hago lavar, secar y mamar. Y rumbeamos los cuatro para el agasajo.

En el salón nos recibe una suerte de cabeza de tuerca, medio trolo, medio patova, mezcla de orejón del tarro y profeta falso. Un estúpido. Nos dice:

-         Avanti.

-         ¿Cómo?

-         Avanti.

-         ¿Adelante?

Ni bien entrar encaramos para la mesa de los confitados. Las masitas estaban secas, pero las supimos tragar. Una de mis acompañantes, la uruguaya, le pedía pildoritas a los mozos, pero estos no reaccionaban acorde a sus expectativas, por lo que la atorranta engranó un poco. Amainó cuando aparecieron las salchichitas, de la mano de las bandejas de los mozos de frac.

Al rato cayeron los novios, se sirvió una tanda de comida, pasaron un video. Fotos, música, llantos, más comida, y carnaval del carioca.

Me encontré a la novia en el baño: 

Hola, le dije, felicidad. Hola, me dijo, vos seguro que sos amigo o pariente mío.

No, no, le respondí, para nada, no… ¿Por? ¿Por?

Sí, dale, seguro que sí.

No, no, le dije al tiempo que me hurgaba en los bolsillos nerviosamente, no soy.

Yo te digo que sí.

Ta, ok.

Sabés una cosa, hoy es mi última noche de libertad, no se si me explico, me dijo picara guiñando un ojo con ansiedad de merquera vieja y tartamudeando un poquitito, torciendo la boca mocha de tanto darle al trago y de tanto esnifar mierdas.

La dejé tecleando en el baño y me hice llevar una botella de whisky a la mesa, para convidar a las chicas. Qué par de gatas. Una tenía busto, la otra baulera.

Cuando el mozo llegó con el whisky estábamos prensados en la pista como boeings siete cuatro siete. Yo derramaba el alcohol en tetas de alquiler. El frenesí me había sometido. Éste no fue el apogeo sino tan solo un punto de no retorno. A partir de aquí el infeliz de la puerta entró nada más que para decirme que mi nivel era bajo si lo que se medía era la moral, la ética, la buena presencia, el comportamiento social, la civilidad, la urbanidad y la cortesía. Pero alto si se consideraba la ignominia, la degradación, la vergüenza, el baldón, el agravio, el oprobio, etc. Yo, sumido en eso, asumí mi caída en pecado, entendí todo, y paré de bailar. Lo miré, le posé una mano en el cuello y le pedí que me sentara en una silla. Cuando hube acomodado mi culo en la luneta, escupí el suelo y con el índice extendido le dije lo que pude. Algo disléxico, alargado y confuso salí de ahí. Rodando, haciendo trompicones y rolando a la buena de dios. Como un buen samaritano caído en desgracia. Las putas me escoltaban, pisándome los talones, soltando tacos, dando risotadas, codeándose las costillas. Un transeúnte, anónimo y con un borrón por cara, se apersonó con ademanes, pero yo no me dí cuenta o a lo mejor no lo noté. Pero cuando llegamos a casa quiso entrar.

-         Me voy a echar un chorro de pis.- manifestó pasando al baño.

Entré con él y lo reduje a golpes, secundado por mis prostis, una de las cuales aportó una faca con la que le hicimos una X en la pelada, todo esto antes de arrojarlo lejos.

En este punto el agotamiento y el estrés eran monedas brillantes en los bolsillos de mi alma. Le apunté al televisor, me concentré en un lugar preciso de la pantalla y me quedé dormido como un bisonte después de comprender su lugar en la llanura, franqueado por dos musas dulces rindiéndome pleitesía.   

 

 

 

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